Las ondas electromagnéticas invisibles como el Wi-Fi, Bluetooth, infrarrojos o las generadas por torres de telefonía y dispositivos electrónicos forman parte del paisaje cotidiano de nuestras vidas. Pero, ¿hasta qué punto son seguras?
Mientras que estas tecnologías nos han facilitado la vida enormemente, algunos científicos y grupos de activistas advierten sobre posibles efectos nocivos en la salud, desde insomnio hasta cáncer. Sin embargo, los estudios oficiales no han confirmado daños concluyentes, lo que mantiene viva la controversia.
¿Qué son exactamente las ondas electromagnéticas?
Las ondas electromagnéticas son emisiones de energía que se propagan a través del espacio. Se clasifican en función de su frecuencia y longitud de onda. Existen:
- Ondas de radio
- Microondas (incluidas Wi-Fi y Bluetooth)
- Infrarrojos
- Luz visible
- Ultravioleta
- Rayos X
- Rayos gamma
La preocupación se centra sobre todo en las ondas no ionizantes (como Wi-Fi o Bluetooth), ya que están en constante interacción con nuestro cuerpo, aunque no tienen suficiente energía para alterar directamente el ADN.
¿Pueden las ondas como el Wi-Fi o Bluetooth causar cáncer?
Los organismos internacionales como la OMS y la IARC (Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer) han clasificado las ondas de radiofrecuencia como “posiblemente cancerígenas para los humanos” (Grupo 2B). Esto significa que hay indicios limitados en humanos y suficientes en estudios con animales, pero no pruebas concluyentes.
Algunos estudios, como el Interphone Study, observaron una posible correlación entre el uso intensivo del teléfono móvil (más de 30 minutos al día durante 10 años) y ciertos tumores cerebrales, como el glioma. Aun así, no se pudo establecer causalidad directa.
Por otro lado, instituciones como el Instituto Nacional del Cáncer de EE.UU., la Comisión Europea o el Consejo Científico Asesor sobre Campos Electromagnéticos en España sostienen que, según las pruebas actuales, no hay evidencia sólida de que las ondas no ionizantes causen cáncer, mutaciones genéticas o daños celulares significativos.
¿Y los efectos sobre el sistema nervioso o el sueño?
Aquí la evidencia es más variada. Algunas personas aseguran experimentar dolores de cabeza, fatiga, insomnio, ansiedad o problemas de concentración al estar expuestas a campos electromagnéticos, especialmente en lugares con muchas redes activas. Esta condición ha sido denominada hipersensibilidad electromagnética (EHS).
Sin embargo, ensayos clínicos controlados y doble ciego han demostrado que los síntomas suelen aparecer incluso cuando no existe exposición real a ondas, lo que sugiere un posible efecto nocebo (el cuerpo reacciona negativamente por la creencia de que algo es dañino, aunque no lo sea).
Hasta el momento, no se ha demostrado una relación directa y reproducible entre la exposición a estas ondas y los síntomas atribuidos a la EHS. Aun así, algunos organismos recomiendan seguir investigando este fenómeno.
¿La exposición prolongada puede tener efectos a largo plazo?
Este es uno de los puntos más debatidos. Aunque tecnologías inalámbricas como el Wi-Fi y la telefonía móvil llevan en uso intensivo desde finales de los años 90, la exposición ha crecido exponencialmente, especialmente con la llegada del 4G, 5G, los hogares inteligentes y el uso masivo de dispositivos conectados desde edades tempranas.
Algunos científicos plantean que los posibles efectos acumulativos podrían manifestarse tras varias décadas de exposición continua, sobre todo en niños y fetos, cuyos tejidos absorben mayor radiación debido a su menor grosor y mayor contenido en agua.
Por ahora, la mayoría de los estudios a largo plazo no han detectado incrementos significativos de riesgo, pero las investigaciones continúan, especialmente en relación con exposiciones cercanas y prolongadas, como dormir con el móvil junto a la cabeza o usarlo de forma intensiva sin auriculares.
¿Se puede proteger el cuerpo humano de estas ondas?
Evitar completamente la exposición es prácticamente imposible en entornos urbanos. Basta con activar la búsqueda de redes Wi-Fi para detectar decenas de señales, aunque no las usemos. Además, muchas fuentes de emisión —como teléfonos móviles, torres, routers o medidores inteligentes— están siempre activas.
Existen productos que prometen protección, como:
- Fundas anti-radiación
- Ropa con tejidos que bloquean señales
- Pinturas apantallantes
- Apantallamiento mediante mallas o jaulas de Faraday
No obstante, muchos de estos productos no han sido verificados científicamente y podrían ofrecer una falsa sensación de seguridad.
Las recomendaciones prácticas y sensatas, respaldadas por algunos estudios, incluyen:
- No llevar el móvil pegado al cuerpo durante horas
- Activar el modo avión al dormir o al transportarlo en el bolsillo
- Usar auriculares con cable en lugar de Bluetooth
- Apagar el router por la noche si no se necesita
- Evitar el uso prolongado de dispositivos conectados sobre el cuerpo (tablets en el regazo, portátiles sobre el abdomen, etc.)
Conclusión: ¿hay motivo de alarma?
Según la evidencia científica actual, no hay pruebas concluyentes de que las ondas electromagnéticas no ionizantes como las del Wi-Fi, Bluetooth o redes móviles causen daños graves a la salud humana. Sin embargo, la posibilidad de efectos a largo plazo aún está en estudio, especialmente en relación con la exposición constante y cercana desde edades tempranas.
Por ello, la actitud más sensata es la precaución sin alarmismo:
- Usar la tecnología con conciencia
- Reducir la exposición innecesaria
- Seguir de cerca las investigaciones
- No caer en el miedo ni en productos sin aval científico
Vivimos en un mundo conectado, pero eso no implica ignorar sus posibles efectos. La clave está en informarse bien y equilibrar los beneficios tecnológicos con el cuidado de la salud.